La mayoría de nosotros somos culpables de llamar a nuestro perro nuestro bebé. Tal vez incluso lo tratemos como tal. La verdad es que los sentimientos que sentimos hacia nuestros perros en comparación con nuestros hijos pueden no ser tan diferentes como uno podría pensar.
Los perros han sido domesticados durante unos 45.000 años, lo que ha provocado que su comportamiento y su aspecto hayan cambiado. Pasar de ser lobos intimidantes a ser perros falderos adorables y esponjosos llevó algún tiempo. Pero esta mirada tierna tiene un propósito. Los ojos de cachorro no son simplemente una expresión, sino también algo muy real.
Cuando miras la cara de tu perro, se libera en tu interior una sustancia química llamada oxitocina. En un principio, se la relacionaba con la producción de leche materna y las contracciones del parto. Hace unos 25 años se descubrió que esta sustancia química no solo se produce en los senos y el útero, sino también en el cerebro. Más concretamente, en la zona que controla el comportamiento y las emociones.
Cuando se libera oxitocina, se fortalece el vínculo, tanto entre padre e hijo como entre humano y mascota. De esta manera, se reducen nuestros niveles de estrés y nos sentimos más tranquilos y felices, lo que fortalece la relación.
Los perros influyen positivamente en nuestra salud de muchas maneras. Al sacarnos a pasear hacemos ejercicio, tomamos aire fresco y nos damos un motivo para salir de casa. Suelen ser el tema de las interacciones sociales y derriban barreras entre personas que de otro modo nunca podrían relacionarse.
Así que no te sientas mal por tratar a tu perro como a un bebé, ¡está en tu ADN!